Relatos veraniegos: Postales de un Mundial

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Vamos vamos, Argentina / vamos vamos a ganar / que esta barra quilombera / no te deja, no te deja de alentar.

El Aeropuerto Internacional de Ezeiza es una fiesta, y claro, estamos por embarcar rumbo a Johannesburgo a alentar a la celeste y blanca en el Mundial de Fútbol que se jugará en Sudáfrica.

Atrás quedó una clasificación difícil, lograda con aquel recordado y agónico gol de Palermo frente a los peruanos en tiempo de descuento, cuando todo parecía indicar que el impiadoso diluvio que caía sobre la cancha de River Plate terminaría ahogándonos la posibilidad de ir por clasificación directa al máximo evento del balompié planetario.

Quizás por eso la alegría es doble. La celeste y blanca está en el torso de cada una de las personas prontas a tomar el vuelo. No es un vuelo más, es un placentero viaje que nos depositará en el continente de los cinco grandes mamíferos del mundo para ser privilegiados testigos del primer mundial de fútbol que se jugará en tierras africanas.

Todos creemos que es posible reeditar la gloria del 86´, cuando el Pelusa era una máquina de jugar al fútbol, cuando su virtuosismo sin igual le pintaba la cara a cuanto rival se le pusiera en el camino, cuando ante los ingleses sentimos que en una cancha de fútbol nos vengó del oprobio de Malvinas convirtiéndoles el mejor gol de todos los mundiales.

Somos conscientes de que ahora el Diego no jugará, que solo estará al frente de la dirección técnica del equipo, pero íntimamente confiamos que en este mundial ese rol lo ocupará la Pulga Messi. ¡Quién le puede negar a Lío el estandarte de mejor jugador del mundo conseguido con el Barça!

Hay ilusión porque cabe la esperanza. En mi caso la alegría se multiplica: por primera vez comparto un viaje con mis hermanos Abel y Juan Carlos (el Tero para todos), más Desiderio y Oscar, dos entrañables amigos que me regaló la vida.

«¡Volveremos! ¡Volveremos! / ¡Volveremos otra vez!, / ¡Volveremo´ a ser campeones / como en el 86´!», atrona el griterío de los hinchas ante las sonrisas del personal aeroportuario que ejerce los controles. Todos festejan, el momento no permite que haya gente con cara de culo.

Ya estamos sobre la nave y el júbilo continúa, la alegría es total, desde la cabina nos habla el comandante arengándonos y la pasión vuelve a estallar «Argentina, mi buen amigo / esta campaña volveremo´a estar contigo. / Te alentaremos de corazón, / esta es tu hinchada que te quiere ver campeón. / No me importan esas fotos, / que saca la Federal, / yo te sigo a todas partes / cada vez te quiero más» y sigue la fiesta arriba del avión. ¿Que hay un poco de turbulencia? ¡Pero no! Es la marea celeste y blanca que no para de cantar «Tomala vos / dámela a mí / que con la Pulga / nos vamo´a divertir».

No debe existir viaje más placentero y con mayor cuota de adrenalina que aquel que te lleva a ver un mundial de fútbol, ¡y qué importa si nosotros solo vamos a ver los primeros tres encuentros que disputará la selección argentina! Lo importante es que estaremos.

Llegamos al Aeropuerto Internacional de Johannesburgo. La terminal aérea está embanderada con los colores de las naciones participantes. La ansiedad se apodera de nosotros. Queremos que todo sea rápido, que sea ya, y este hecho provoca que ya de entrada nomás mostremos una de las peores características que los argentinos hemos incorporado como un rasgo distintivo de nuestra cultura: la viveza criolla.

Mientras estábamos haciendo la fila se me acerca Desiderio y me dice:

-Chango -así nos tratamos-, dame treinta dólares que aquellos dos morochos que están allá me dijeron que nos aceleran los trámites aduaneros si les damos esa plata.

Desiderio apenas habla de corrido el español, pero tiene la particularidad de comunicarse con gente que habla cualquier otro idioma solo deformando el nuestro, porque piensa que distorsionando un poco algunas sílabas de nuestra lengua ya habla otro idioma. No sé cómo se hace entender, si es que realmente lo entienden, ni sé cómo entiende él, si es que verdaderamente entiende, pero lo cierto es que de puro caradura nomás se ha convertido en el traductor políglota del grupo.

-Tomá los treinta dólares -le dije-, pero no nos metamos en líos, ¿eh? Mirá que aquí no estamos en Argentina.

-No te hagás problemas chango -me respondió Desiderio-. Ustedes quédense aquí que ya vuelvo -y se dirigió con paso seguro al encuentro de aquellos muchachones que le recibieron a hurtadillas el dinero como quien recibe una clave del Pentágono.

Esperamos y esperamos hasta que lastimosamente nos dimos cuenta de que los morochos no tenían nada que ver con la cosa y que habían desaparecido con los treinta dólares que nos sacaron.

Primera conclusión: ni nosotros éramos tan listos como muchas veces creemos serlo y comprobamos que en África no solamente los felinos son rápidos.

Llegamos al hotel exhaustos y con un hambre de aquellos. El guía de la agencia de viajes contratada nos anuncia:

-En el hotel les brindarán una recepción de bienvenida.

Nos miramos con una sonrisa cómplice pensando que saciaríamos nuestro apetito y nuestra sed, que a esa altura del día empezaban a hacerse sentir.

Al llegar efectivamente nos estaban esperando a los argentinos que acabábamos de arribar. En una amplia sala habían desplegado una larga mesa rectangular desde cuya cabecera un hombre nos habló dándonos la bienvenida, ¡pero en inglés!, por lo que debimos acudir a nuestro traductor Desiderio, el que luego de intercambiar unas palabras con el hombre, nos dijo:

-En la punta de la mesa nos servirán una bebida tradicional de aquí. Hay que tomar la copa e ir caminando alrededor de la mesa sirviéndonos los bocaditos que están preparados. Ojo que el tipo me dijo que solo debíamos hacerlo una sola vez -aclaró Desiderio.

Pero nosotros, que andábamos realmente con hambre, terminada la primera vuelta nos dijimos con la mirada:

 

-Demos una segunda vuelta, total entre tantos quién se va a dar cuenta.

Y eso fue lo que hicimos, llenamos nuevamente la copa y fuimos por nuestra segunda vuelta olímpica. Ya con dos copas de Amarula encima éramos capaces de pelear contra una manada de leones, pero cuando fuimos por la tercera copa ya se habían avivado y nos sacaron como «chicharra del ala».

La verdad es que fue mejor que no nos permitieran seguir con la recepción porque comenzaron a llegar los micros que llevarían a los hinchas argentinos que estaban alojados en el hotel rumbo al estadio.

Había que salir con una prudente anticipación de unas cuantas horas. El hotel estaba lejos del Estadio Ellis Park, ubicado en el centro de Johannesburgo, donde se jugaría el partido contra Nigeria. A medida que cientos de hinchas iban saliendo del hotel rumbo a la cancha en sus respectivos micros, a nosotros empezó a asaltarnos una desesperación imposible de describir al comprobar que la hora del encuentro se acercaba y salvo nosotros, prácticamente ya nadie más quedaba en el lugar. En realidad, hacía más de una hora que estábamos fuera del hotel esperando nuestro transporte.

Cuando estábamos al borde del colapso emocional, con una angustia imposible de describir, apareció el que sería el último micro. ¡Era el nuestro! Saltamos embanderados sobre él y ya arriba no podíamos con nuestra alegría, nos abrazábamos cantando emocionados.

Nos bajamos del micro donde comenzaban los controles de seguridad, a una buena distancia del Ellis Park. De todas formas, todavía faltaban unas dos horas y media para el inicio del encuentro. Hombres y mujeres de piel negra, embanderados de verde se mezclaban con las y los argentinos. Eso también es lo hermoso de los mundiales. La gente se mezcla, se confraterniza, el evento se vive de otra manera, con alegría, se disfruta y se tiene en claro que la rivalidad es solo deportiva. Adelante, atrás y al lado nuestro se mezclan africanos y criollos.

Desiderio departía con una decena de nigerianos que caminaban a nuestro lado. Les hablaba y los nigerianos eran pura carcajada. ¡Andá a saber qué les diría y qué habrían entendido ellos! Me pareció que, medio en broma, les tocaba el tujes al nombrarles a Messi y a Maradona, como quien muestra las cartas en el truco y le dice al rival «¿querés seguir jugando o preferís irte al mazo?, mirá las cartas que tengo». Pero los nigerianos lo tomaban bien, nos abrazaban y se reían, y ahí mismo Desiderio los hizo posar con él, pidiéndole a Oscar.

-¡Óscar, Óscar! -acentuando la o-. ¡Fotou, fotou!

-Pero Desiderio, ¡no seas boludo! ¿No te das cuenta que el que te va a sacar la foto es Oscar, para qué le deformás las palabras? -le dijo Abel ante las carcajadas de todos nosotros, aunque, justo es reconocerlo, desde aquel momento a Oscar todos comenzamos a llamarlo Óscar.

Argentina ganó merecidamente ese partido y a los cinco días salimos rumbo al imponente Estadio Soccer City que se encuentra alejado de la ciudad de Johannesburgo, escenario del primer discurso multitudinario que pronunció Nelson Mandela tras veintisiete años de doloroso e injusto encarcelamiento.

Al bajarnos del micro Desiderio se detuvo por unos segundos, observó extasiado el estadio, una maravilla arquitectónica, y exhalando gratitud exclamó:

-Chango ¡esto no tiene precio!

-Sí que lo tiene y es bastante caro, no te olvidés que cuando regresemos todavía tenemos que pagar ocho cuotas- le respondió el Tero ante la risa de los demás.

¡No me hablés de plata en este momento Tero! ¡Yo te hablo desde el corazón y vos me tirás con la billetera! -dijo con picardía Desiderio.

Teníamos la incógnita de saber qué lugar nos tocaría dentro del estadio y al llegar comprobamos que la ubicación no podía haber sido mejor. Nuestros asientos se encontraban solo a pocos metros del «verde césped».

Antes del ingreso oficial de los equipos al campo de juego teníamos a la pulga Messi haciendo movimientos precompetitivos exactamente debajo de nosotros. En un determinado momento Maradona se le acercó a darle unas indicaciones.

-¡Diego, Diego! -le gritó Oscar, y el Diego se dio vuelta y nos levantó el pulgar.

Dios nos levantó el pulgar, ¡qué más?

Volvió a ganar Argentina, esta vez frente a Corea del Sur, e hizo lo propio en el tercer encuentro ante Grecia en el Estadio Peter Mokaba de la ciudad de Polokwane.

Fin del periplo para nosotros. Nos volvimos henchidos de felicidad porque vimos a un seleccionado argentino con puntaje ideal en esa primera fase mundialista, y sobre todo los pudimos ver y disfrutar a Messi y a Maradona juntos.

Luego vendría un triunfo más frente a México, el que ya vimos por televisión desde Argentina. Después sobrevendría la estrepitosa caída ante Alemania, pero el fútbol es así, son las reglas de juego. Soñábamos con reeditar el campeonato mundial del 86´, pero el Diego ya no estaba dentro del campo de juego.

Es imposible describir la alegría, la felicidad, la pasión y las ilusiones que un mundial de fútbol despierta en la gente, inclusive entre aquellas y aquellos que no siguen habitualmente el fútbol en forma doméstica.

Juega la selección en el mundial y el país se detiene. Somos cuarenta y cinco millones de hinchas e idéntica cantidad de directores técnicos. Queremos que un partido que vamos ganando holgadamente no termine nunca para disfrutarlo indefinidamente y sufrimos como madres cuando el triunfo es ajustado porque tememos que por un minuto de descuento de más nos emboquen un gol y chau mundial. Entonces atormentados le gritamos desesperadamente al soplapitos «¡la hora referí? la hora la puta madre!».

Hice otros viajes buscando reencontrarme con la pasión, la adrenalina y la plenitud que supe hallar en aquellas tierras sudafricanas, pero no hubo caso. Ninguna agencia de turismo ha podido devolverme en otros viajes aquellos mágicos e irrepetibles momentos, esas vivencias compartidas a puro fútbol con mis hermanos y mis amigos, momentos que con nostalgia sigo esperando, mientras desempolvo la vieja camiseta celeste y blanca que todavía hoy me sigue acompañando mientras transito las empinadas, acaso misteriosas, calles del pasado.

 

Héctor Ponce
Secretario General
Asociación de Trabajadores de la Industria Láctea de la República Argentina